Escribe: Lic. Patricia Accastello (Inspectora Técnica Zona 3210)

La pandemia de COVID 19 colocó a los sistemas educativos de la mayor parte de los países del mundo frente a una situación inédita en la historia de la escolarización: la interrupción de la modalidad presencial de la enseñanza. En nuestro país, esta medida rige  a partir del lunes 16 de marzo por la Resolución N° 108/20 del Ministerio de Educación de la Nación y se extiende hasta la actualidad por sucesivos decretos presidenciales que dictaron el ASPO  como medida sanitaria, enfrentando a docentes al reto de instalar el trabajo pedagógico en entornos virtuales

El primer desafío que debieron enfrentar las instituciones educativas – y que aún persiste- fue/es viabilizar  la continuidad pedagógica, esto implica sostener el vínculo docente-estudiante a través de una interacción asincrónica,  en un contexto social de profunda desigualdad que se evidencia a través de las condiciones de vida , la  inequidad de  acceso   a internet, a la disponibilidad –o no- de una computadora y/o  celular – en ocasiones, uno o ninguno  en un grupo familiar con más de un/a hijo/a cursando en  alguno de los niveles  educativos, a la posibilidad/ imposibilidad de  pago particular  de datos móviles absorbidos por las mismas familias; esta situación no escapa a los propios maestros o profesores.

Haciendo foco en la educación primaria, la suspensión de clases presenciales ha puesto metafóricamente  en situación de jaque mate al modelo de organización pedagógica  y a la revisión de formatos tradicionales de escolarización;  recobraron mayor sentido algunos interrogantes que nos venimos planteando desde hace un tiempo los  educadores: ¿Qué sociedad tenemos/queremos?; en  una sociedad donde el 50 % de los niños/as vive en situación de pobreza: ¿Corresponde continuar sosteniendo un  modelo homogéneo de enseñanza -que aún prevalece en el sistema educativo-; ¿Qué saberes, herramientas o bienes culturales, resultan necesarios y fundamentales en la formación ciudadana para construir una sociedad democrática?

El mayor desvelo de  los educadores continúa siendo sostener el vínculo pedagógico con los estudiantes y sus familias, como condición indispensable para enseñar y para aprender (sin el retorno de esas mismas actividades desde los hogares al docente, no es posible evaluar logros o dificultades de aprendizaje). No obstante han surgido otros ejes de  debate que comenzaron a instalar nuevas  modalidades de organización escolar (tiempos, espacios y recursos) y de prácticas de enseñanza y evaluación que vinieron para quedarse (post pandemia):

-La utilización de espacios virtuales para potenciar la autonomía, el trabajo colaborativo y  la co-evaluación.

-Pensar  la evaluación no escindida del aprender.

-La explicitación  previa del docente a sus estudiantes y familias, de los objetivos de aprendizaje (qué pretende enseñar/que aprendan)  y  criterios de evaluación (qué va a evaluar)

-Diversificar las estrategias de enseñanza y de evaluación conforme a la heterogeneidad existente: no todos haciendo lo mismo y al mismo tiempo.

-Ofrecer situaciones de aprendizajes con sentido: desafiantes desde el punto de vista cognitivo,  sin ser frustrantes (imposible de resolver)

-Evaluación Formativa: como instancia de revisión, reflexión y aprendizaje del docente (de su propia propuesta de enseñanza) y del estudiante (consciente de sus logros y  dificultades).

-La retroalimentación/devolución permanente (docente-estudiante) que considere no sólo la valoración conceptual de los logros de aprendizaje sino que incorpore  orientaciones precisas para la mejora.

En simultáneo a estos “retos” de la educación, el retorno a la presencialidad de las clases exige de decisiones políticas que exceden a la escuela misma: garantizar condiciones edilicias y  sanitarias; seleccionar y priorizar saberes fundamentales, reorganizar los logros de aprendizaje por ciclos; armonizar las políticas de evaluación con los criterios de priorización de saberes de esta etapa, etc.

Sin dudas, esta pandemia, ha sido un hito en la historia de la humanidad y ha interpelado a la individualidad del ser humano y a la necesidad de pensar-se necesariamente desde la alteridad ya que es a través de un “otro” que  todo ser humano se constituye.

Así mismo representa una oportunidad para fortalecer el  vínculo  escuela- familia- comunidad, desde una renovada valoración del rol particular e indispensable que cada uno tiene en  el cumplimiento de los derechos de nuestros niños/as y jóvenes.

En tanto, en este escenario actual en el que quedó en evidencia la inequidad social  existente, previo al Covid 19, la escuela como institución educativa en general y la escuela pública en particular continúa siendo un lugar privilegiado para construir “lo común desde la heterogeneidad” para favorecer una inclusión social plena de  todas las personas que habitan el suelo argentino como fuente de unión y justicia.

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