Escribe: Fernando Ceballos (Enfermero especializado en salud mental. Trabaja en el Hospital Regional de Reconquista -Santa Fe-. Autor del libro: El manicomio (Eduvim). Sus escritos han sido galardonados en diferentes certámenes).

La vida cotidiana

Mi hija de 10 años estornuda en el pliegue de su codo. La miro y me sorprendo. A mí como trabajador de la salud me cuesta retener ese hábito. Ella ya lo incorporó. Su cuerpo responde al cuidado. Nunca me manejé muy bien con las dosis de lavandina y menos en esta cuarentena, terminé arruinando un buzo hermoso, regalo del Día del Padre. Al 70/30 del alcohol líquido, no le puedo encontrar el punto justo. Hace dos meses que no uso lentes porque se me empañan con el barbijo puesto. Los otros días me echó como un perro la doña de la despensa de la vuelta, porque me había olvidado el barbijo. Inconsciente, dijo.  Una atmósfera helada atravesó todo el mercadito cuando dije que trabajaba en el hospital. Muchos se dieron vuelta y me miraron como tomando nota. Tengo las manos secas de tanto alcohol en gel. Intenté y fracasé queriendo hacer una huerta. Me enoja mucho cada tarea que llega al grupo de WhatsApp de la escuela. Hay lugares de la casa que he descubierto y no los tenía registrados, por ejemplo ese rayo de sol que entra a la siesta por la ventana de la cocina e impacta pleno en la mesada fría dejando una cicatriz calentita.

De todos modos no para todos es igual. Las casitas enanas, monoambientales y finas como la pared de nylon que las limita del asentamiento, sólo permiten existencias devastadas. Los cuerpos sólo entran a la noche y en el único horario de la tal vez única comida. No están “preparados” para soportarse constantemente. No hay lugar. Sus vidas están fuera de esas “casas”. Sólo entran para dormir. Cocinan afuera. Toman mates afuera. Comparten la vida afuera. Son los más vulnerables siempre, y si bien éste virus no discrimina clases sociales y la vulnerabilidad es para todos, sabemos que los nadies son la más expuestos. No pueden sostener algo tan simple como un lavado de manos. Es allí en donde el Estado tiene que dar respuesta garantizando derechos y gestionando, organizando recursos que acompañen decisiones que protejan a la población.

La cotidianidad institucional

Al hospital no lo hace su arquitectura. Lo hacen aquellos que lo habitan. Se esparce la noticia, y una sensación inerrable de angustia atraviesa a todos y todas los trabajadores. Ha llegado a la guardia una nena que ha sido mordida en la cara por un perro. Tiene muy comprometido el ojo. A muchos se nos vienen imágenes. Un compañero de la UTI, me dice: ¿Viste porque te decía que no me gusta trabajar en pediatría? La mucama de la mañana es más seria, pero tiene una cadencia en su voz ronca de garganta, que hace que sólo ella llegue de esa manera al otro. El mucamo de la tarde es un personaje, hace karaoke con Juan en la habitación 19, el que hace unos cuantos días está internado por un accidente de tránsito. El palo de piso oficia de micrófono. Todos con el barbijo puesto. Cuando está el pelado, el turno de enfermería es otro. El ambiente se carga de una atmósfera de alegría. No dice nada, sino es con una broma. También canta. La gordita de la mañana tiene algo especial con aquellos que han sido internados por un problema de salud mental. La peticita, esa de pelo cortito, desparrama una sensibilidad alojadora a través de su enorme sonrisa. Nadie se resiste a ella. El camillero, esta mañana parece Forrest Gump. Va de una punta a la otra del hospital. Cuadras y cuadras ha caminado hoy. Aún en ese cansancio, no pierde la impronta de cuidado. Se asegura que cada uno en su traslado no tenga frío. Les pregunta. Los toca. La secretaria de consultorio externo le explica una y otra vez como tiene que hacer esa anciana que no entiende que hoy no tiene el turno. Es el lunes, pero de la semana que viene. Barbijo de por medio, habla con la mirada. Y así van todos y todas anidando una institución, demostrando que no es sólo médica y a la que intentan cotidianamente domesticarle la crueldad. Son como palos en la rueda a ese sistema biomédico que cosifica. Con ellos y ellas, en la potencia de su micropolítica cotidiana, el aparato no puede. Ahí, en ese enorme pedacito de institución, son invencibles. Ahí tenemos que apostar.

El sistema de salud

Las políticas públicas como instrumento de un Estado que decide cuidar, es lo que hoy hace posar la mirada del mundo en Argentina. La respuesta del gobierno nacional frente a la pandemia ha sido ser principalmente el garante del derecho a la salud de nuestro pueblo, articulando acciones con todas las áreas y jurisdicciones, con una mirada puesta claramente en los sectores más postergados. Convengamos que el sistema de salud argentino (público, privado y obras sociales) no estaba preparado para semejante demanda, como pasó en muchos países centrales. La importancia de tomar medidas a tiempo, justamente nos fue dando ese tiempo para ir equipando el sistema. Es conveniente recordar que desde diciembre de 2015 se aplicó en el país un enorme ajuste presupuestario y se degradó el Ministerio de Salud al rango de secretaría. Por un momento imagínense este escenario con ese gobierno. Si algo nos deja esta pandemia es que debemos construir políticas públicas que no se basen en el modelo industrial biomédico de la tecnología y la medicalización, donde el hospital es el amo. Este modelo es de enfermedad, no de salud. Esta lógica mercantil de los sistemas de salud, no toma a la salud como un derecho humano y un bien social que debe ser garantizado por el Estado, sino que la toma como un negocio.

No es que estemos en contra de la tecnología, pero es cierto que no podemos tener un respirador para cada argentino. Entonces ¿cómo hacemos para que los respiradores que tenemos no colapsen? El trabajo está en el territorio. Ciudades importantes con un sistema de salud en donde la complejidad también esta puesta fuertemente en la comunidad y los centros de salud, como Rosario, salieron al territorio. Equipos de salud que pesquisan situaciones y a través de una estrategia de cuidado y vigilancia esas situaciones son controladas. Muy pocas llegaron al hospital. Algo parecido pasó en Barcelona y Lombardía después del desastre. No pasa lo mismo en CABA. Estas decisiones necesariamente requieren de la complementación política entre economía, instituciones y el territorio.

Incertidumbres  

Si consideramos las dimensiones subjetivas y la posible producción de padecimiento mental de este fenómeno, no lo podemos hacer desde las certezas de la ciencia y la técnica o las especializaciones o desde la rotulación de un diagnóstico. Es precisamente nuestra cotidianidad, sus rituales, sus tiempos, sus espacialidades y los lazos sociales que se construyen, lo que se ve particularmente alterado. Esa cotidianidad alterada sólo encuentra una palabra que la describe: incertidumbre. ¿De dónde viene la incertidumbre? Tal vez buscamos respuestas en la invisibilidad del virus o la virulencia del mismo o que todavía no existe una vacuna. La incertidumbre es lo más cercano que conocemos a la angustia. Cuando la angustia llega, muchas veces no sabemos o no podemos describir que nos pasa, no es desazón, no es desolación. No necesariamente la angustia es un síntoma de “enfermedad” y bien puede formar parte de los recursos subjetivos para afrontar situaciones vitales. Convengamos que estamos ante una situación inenarrable. Y no precisamente hay que pensarlo de manera negativa. Simplemente sucede que ante lo indecible entramos en perplejidad porque ésta es una sociedad capitalista que todo el tiempo quiere dar certidumbre, procurar dispositivos de seguridad, que por lo general desembocan en el consumo. En este escenario no hay seguridad, no hay certezas que valgan, tampoco hay posibilidad de consumo. Lo intraducible abre una franja que no teníamos esperada: se abre la franja de lo posible. Todo puede ser posible, para bien o para mal. Paradójicamente las crisis de aquellos “diagnosticados” con algún padecimiento mental disminuyeron, apareciendo otras situaciones como intento de suicidios, violencia, abusos.

Y así estamos “en el mismo lodo (…)”. Los que pueden y los que no. Los que quieren y los que no. Los que tienen el poder y se creen invencibles. Los buitres de siempre que aún en el desastre buscan negocios. Los que contaminan subjetividades a través de un micrófono y/o una pantalla de televisión cuestionando la veracidad de esta pandemia. Los locos que se tranquilizan y los cuerdos que se enloquecen. “(…) todos manoseos”.    

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