Escribe: Lic. Verónica Piechenstainer (Psicóloga. MP LPS 157. MS – TdF).

Como profesional de la salud mental,  ser parte del fenómeno que se intenta abordar, lleva un ejercicio de pensamiento, de lecturas y de observaciones de la realidad. Es necesario poner palabras allí donde no sabemos qué hay, para tranquilizarnos, para comprender y poder decodificar algunos aspectos de esta realidad.

Este fenómeno, es externo, invisible, inédito. Frenó al mundo como se lo conocía hasta hoy. Resuenan los términos “emergencia”,  “desastre”, “traumatismo”, que desde el campo de lo psicológico trae consigo la difícil tarea de convivir con la incertidumbre. Convivencia en sí misma compleja, si no hay certezas en “tiempos normales”, la incertidumbre hoy se vivencia de modo exponencial en algunos sujetos. Esto lleva al concepto de trauma, como un evento en el mundo exterior que desregula el funcionamiento del psiquismo por el plus de energía que lleva consigo (excitación), e impide la elaboración por las vías habituales.

Este evento inédito, afecta de manera subjetiva a cada uno de nosotros. Cae, con absoluta realidad, en cada una de nuestras historias. Son tantas como la cantidad de sujetos a los que atraviesa. Hasta aquí lo que conocíamos como catástrofes eran eventos que sucedían en un tiempo y un espacio, un terremoto, una guerra. ¿Cómo se continuaba a partir de eso? Se evaluaba el daño y se planificaba (con diversas precisiones) cómo seguir. Este suceso nos sorprende porque no sabemos cómo se aborda, no sabemos cómo continúa, ni siquiera si lo más grave ya sucedió. Esta nueva situación nos sorprende e interpela.

El mandato es “quedarse en casa”, la salida es hacia adentro. Donde faltan los espacios para tramitar afectos y enojos, una situación endogámica donde no queda lugar para lo propio (o queda poco), donde se corre el riesgo de comerse los propios desechos (referido a “Más allá del principio de placer” donde Freud hace alusión a que un organismo librado a sí mismo termina comiéndose sus propios desechos).

Esta pausa que se produjo, dejó diferentes sensaciones: vacío, suspensión, soledad, impotencia. En la trama individual, en las tramas familiares, aun cuando se quieran pintar de cierto romanticismo, se induce a la convivencia permanente y cuando los recursos personales son escasos, los vínculos se resienten. Todo transcurre en el mismo lugar, en la casa -en el mejor de los casos-, se convierte en lugar de trabajo, de tensiones, en escuela, en jardín, en universidad, todo junto y en el mismo momento. La angustia, los enojos, los bombardeos de información son difíciles de procesar. Se propician momentos de mucha tensión: en los vínculos familiares, por preocupaciones sobre necesidades básicas, temores respecto a la salud, niños con necesidades de juego, de compartir, dificultad el contacto con sus hijos, jóvenes que perdieron sus espacios, personas que viven solas, entre otros.

Con esta foto, ¿qué nos deja la pandemia? nos deja la necesidad de recrear la vida con un nivel de incertidumbre único. La necesidad de crear nuevos modos de vincularnos, ya las nuevas generaciones nos habían planteado el desafío de aprender sobre las tecnologías y son hoy, una de las herramientas fundamentales que nos posibilitan mantener los lazos afectivos que nos sostienen. También nos deja con la necesidad de repensar las funciones de las instituciones sociales, si es que están a la altura de garantizarnos a todos y a todas mínimos contratos sociales. Otro eje, la cuarentena no nos iguala, las diferencias son cada vez más violentas simbólicamente. ¿Qué nos quitó? Un vendaje que hacía que la máquina funcionara sin demasiadas preguntas. O sea, nos quitó la comodidad de pensar poquito, o por lo menos es mi ilusión.

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